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Colonización: entre la papa y la arriería

octubre 19, 2025

Al llegar a Murillo y mirar hacia sus montañas nevadas, se siente que ellas guardan secretos.

No solo de los primeros habitantes, los precolombinos, sino también de los colonizadores y sus historias. Los abuelos cuentan que a estas tierras llegaron varios pueblos, y que esa fue la raíz de las tensiones que se vivieron en el nacimiento de este hermoso municipio.

Los paisas, en su mayoría antioqueños y caldenses, llegaron a Murillo acostumbrados a abrir caminos por donde nadie más lo hacía, arrieros y hombres de comercio. Por otro lado, entraban los boyacenses, personas arraigadas a la tierra, a la vida en la hacienda y sus costumbres conservadoras. Ambas culturas se encontraron en estas montañas y fueron sus diferencias las que generaron enfrentamientos y una convivencia difícil.

Lepanto, como fue conocido inicialmente el caserío que le daría origen a Murillo, era de los primeros puntos de encuentro, pero no eran tranquilos: ambos grupos reclamaban su derecho sobre la tierra, lotes baldíos sin titulaciones claras, estas discusiones finalmente terminaban en enfrentamientos.

“Mi abuelo nos contaba que un día unos paisas se le metieron a la parcela de un boyacense y esa noche hubo disparos, pero nadie supo si hubo muertos porque el miedo y la zozobra de la gente no los dejó hablar”, relata Aduar, campesino de 75 años que guarda las memorias de sus ancestros.

Estos choques no llegaron a convertirse en una guerra, pero sí fueron una serie de enfrentamientos que algunas veces llegaban a peleas con heridos o muertos, quemas de casas y asaltos a viajeros en los caminos. Cada uno defendía su forma de vivir y trabajar, convirtiendo al páramo en un escenario manchado de violencia.

Sin embargo, la necesidad de desarrollo pesó más, los caminos no se podían abrir solos, las viviendas no se construían sin apoyo y los cultivos necesitaban manos labradoras constantes. 

Tanto antioqueños como boyacenses, después de años de conflicto, empezaron a trabajar juntos. Mientras unos levantaban la pared, otros traían la madera. Algunos expertos en comercio y otros en el cultivo de alta montaña, fue la necesidad que los hizo dejar las armas a un lado. 

“Al principio la gente vivía con temor, pero después se dieron cuenta que si no se unían no podían sacar el pueblo adelante. Así se mezcló todo, la forma de hablar, la forma de cocinar y hasta la música que sonaba en las fiestas patronales”, cuenta Wilmar Rincón, un guía local enamorado de la historia de su territorio.

Hoy, cuando se camina por las calles de Murillo, es difícil distinguir qué familia viene de cada región.

Los apellidos están mezclados, las costumbres son las mismas y hasta su arquitectura es una sola, viviendas de construcción paisa con detalles boyacenses. Y la papa, que se convirtió en su producto insignia, ahora es eje de la economía de este terruño.

Murillo cuenta una historia. Una en donde dos pueblos y culturas se encontraron en la montaña, comenzando con muchas diferencias, pero terminando en equilibrio. 

Cada gesto y cada palabra, resuena en la memoria de un pasado violento pero resiliente. Lo que inició con disputas violentas, terminó convertido en una identidad compartida, porque tanto boyacenses como paisas encontraron en el páramo, el hogar de todos.

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