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EL DESHIELO Y LA INCERTIDUMBRE DEL MAÑANA

En la vereda Papayal, en la parte alta de Villamarina Caldas, el agua no baja con la misma fuerza. El sol de mediodía era mitigado por la brisa fresca de la quebrada La Leona, sus aguas, alimentadas directamente del Nevado del Ruiz, generaban una brisa que hacía olvidar el inclemente calor.
Para Efraín Quintero y su familia el agua no es un recurso, es un reloj. “Antes, uno sabía a qué hora llegaba el agua que bajaba en la mañana por el deshielo. Era puntual, como las facturas a fin de mes”, recuerda señalando su cafetal. Sus manos llenas de cayos de labrar el campo durante décadas ya no sienten la humedad de la tierra, sino la sequedad del suelo por el sol.
La cotidianidad que ellos conocían ya no es la misma. El arrullo del agua al golpear las rocas ya no se escucha, solo el tenso sonido de la motobomba succionando la poca agua, y el olor a tierra mojada ha cedido ante el polvo. Es el signo de que la crisis del calentamiento global, ese del que se habla en cumbres y encuentros mediáticos, ya se ha sentado a la mesa con Efraín y su familia. El discurso global se centra en los metros cuadrados de hielo se descongelan al año, en este hogar, se miden por litros del preciado líquido que ya no llegan.

El problema deja de ser solo que el Nevado del Ruiz está perdiendo su capa de hielo de manera acelerada, que ya es bastante preocupante; también, cómo esa pérdida afecta la hidrología de todo el territorio que lo abarca. Los campesinos, que han trabajado históricamente los sistemas de riego para sus cultivos basados en los ciclos de deshielo, ahora enfrentan serios problemas. En verano hay menos agua, las lluvias son esporádicas, aumentando el problema, ya que genera erosión en la tierra.
Adaptarse a estas circunstancias ha sido costoso y doloroso para los Quintero. Redujeron a la mitad su cultivo de café y aguacate, ya que demandan humedad constante. Han tenido que invertir sus ahorros en la construcción de reservorios de agua, grandes tanques de plástico para almacenar aguas lluvias que utiliza en las semanas secas.
Pero no es la misma historia para todos; algunos pobladores han tenido que emigrar a las ciudades Sin embargo este éxodo no es por falta de tierras, sino de agua para trabajarla.

Es que para el campesino de la cordillera, el Ruiz no es solo un hito de la geografía, es un símbolo de su identidad, una deidad, el abuelo que garantiza la vida en la montaña.
“Para nosotros el Nevado era orgullo, la prueba de que vivíamos en lo más alto, en las tierras más fértiles”,
dice la señora Cecilia, esposa de Efraín, mientras sacude la ceniza volcánica que a veces tiñe la casa. Eso demuestra que la cultura se pierde como el hielo.
Ver al Nevado del Ruiz cada vez más gris, con menos nieve, es ser testigos de la muerte de un símbolo sagrado de muchas culturas. El día que el hielo haya desaparecido por completo, no se habrá perdido sólo una fuente de agua vital, el referente de un ecosistema sin igual, y con él, una parte del corazón colectivo de la región.
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