UN SILENCIO QUE HABLA: EL VALLE DE LAS TUMBAS

octubre 19, 2025

A medida que se avanza, el aire se vuelve más denso, es difícil respirar. El paisaje se abre en un silencio que roba el aliento, los frailejones, en millares, se observan hasta donde da la vista, sobresaliendo como guardianes de la montaña. Subir hasta el Valle de las Tumbas en el Parque Nacional Los Nevados, más que una caminata, es un viaje al pasado y a los secretos que esconde la montaña. 

Este lugar no siempre fue turístico. En Colombia, antes que se hablara de reservas o parques Nacionales, los primeros pobladores del altiplano lo consideraban un lugar sagrado. Los Quimbayas y otros pueblos indígenas que habitaban este territorio, veían las montañas como sitios de poder.  

El valle, con sus suelos oscuros y rocas de gran tamaño, era visto como un lugar de tránsito espiritual. Aunque no hay material investigativo, arqueológico y científico que lo compruebe, las leyendas y mitos locales manifiestan que allí se realizaban rituales

ceremonias, y que su nombre es prueba de que allí existieron tumbas que la montaña se tragó con el tiempo.  

Juan Diego, un joven guía de Murillo cuenta, “antes la gente no venía a quedarse o sembrar, venía a pedir. A los nevados se les pedía lluvia, cosecha y protección. El valle de las Tumbas es como una puerta entre nuestro mundo y el de los espíritus”. Aunque estas palabras están envueltas en mitos, se sienten posibles al detenerse a ver la inmensidad del páramo. 

Al llegar al valle, la primera impresión es la de un paisaje inhóspito. Un suelo duro casi sin plantas, golpeado por el helado viento que baja de los glaciares, con rocas apiladas de forma natural en formas circulares que ponen a volar la imaginación. 

El silencio parece escucharse. En los días despejados se logra ver el nevado del Ruiz, pero una nueva baja es suficiente para que una niebla espesa oculte todo a la vista, haciendo que caminar se dificulte.  

Quienes visitan el lugar, cuentan que el tiempo parece detenerse. Leider Guerrero, turista, decía que al llegar allí sintió que “la montaña parece que se lo comiera a uno, de repente no hay ruido, ni ciudad, no hay nada. Solo el eco del viento que baja, haciendo sentir que se camina por la historia misma”. Hay quienes cuentan que, al acampar en las noches despejadas, se logran ver luces en el cielo, parecidos a los espíritus de los ancestros que lo cuidan.  

No es nada fácil subir hasta allí. La altura, que supera los 4.400 metros, más el aire helado, le roban la respiración a cualquiera. La emoción de estar en un lugar tan cargado de simbolismo hace que el esfuerzo físico se olvide. Al caminar, el valle parece recordarnos que no es un lugar cualquiera, que de verdad exige respeto. Por eso quienes llegan hasta allí coinciden que no es solo una caminata, sino una experiencia espiritual.

Hoy este lugar hace parte de la oferta turística regulada del Parque Nacional. Los guías piden que quienes lo visiten lo hagan en silencio,  respeto y cuidado, no solo por lo frágil de este ecosistema, sino por lo que representa simbólicamente. Las comunidades indígenas que aún recorren el valle lo consideran un lugar sagrado, y los viajeros, sin saberlo, participan de esta tradición al detenerse a contemplar sin hacer ruido.  

En la memoria colectiva de los habitantes de la Cordillera, el Valle de las Tumbas es más que un destino turístico. Es el recordatorio de la estrecha relación entre el hombre y la montaña, una relación de respeto, temor y reverencia. Al bajar queda la sensación de haber seguido los pasos de quienes caminaron antes que nosotros y es el silencio de la montaña, quien relata sus historias.  

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